Un bandido que había asesinado a un
hombre en un camino, al verse perseguido por los que allí se encontraban,
abandonó a su víctima ensangrentada y huyó.
Pero viéndole unos viajeros que
venían en sentido contrario, le preguntaron por qué llevaba las manos tintas; a
lo que respondió que acababa de descender de una morera. Entretanto llegaron
sus perseguidores, se apoderaron de él y le colgaron en la morera. Y el árbol dijo:
-No me molesta servir para tu
suplicio, puesto que eres tú quien ha cometido el crimen, limpiando en mí la
sangre.
A menudo ocurre que personas bondadosas, al verse
denigrados por los malvados, no tienen duda en mostrarse también malvados
contra ellos.
1.023.5 Esopo
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