Encontró un labrador un águila
presa en su cepo, y, seducido por su belleza, la soltó y le dio la libertad.
El águila, que no fue ingrata con
su bienhechor, viéndole sentado al pie de un muro que amenazaba derrumbarse,
voló hasta él y le arrebató con sus garras la cinta con que se ceñía su cabeza.
Se levantó el hombre para
perseguirla. El águila dejó caer la cinta; la tomó el labriego, y al volver
sobre sus pasos halló desplomado el muro en el lugar donde antes estaba
sentado, quedando muy sorprendido y agradecido de haber sido pagado así por el
águila.
Siempre debemos ser agradecidos con nuestros bienhechores
y agradecer un favor con otro.
1.023.5 Esopo
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