Una vez le correspondió a un asno
cargar una imagen de un dios por las calles de una ciudad para ser llevada a un
templo. Y por donde él pasaba, la multitud se postraba ante la imagen.
El asno, pensando que se postraban
en respeto hacia él, se erguía orgullosamente, dándose aires y negándose a dar
un paso más.
El conductor, viendo su decidida
parada, lanzó su látigo sobre sus espaldas y le dijo:
-¡Oh, cabeza hueca, todavía no ha
llegado la hora en que los hombres adoren a los asnos!
Nunca tomes como tuyos los méritos ajenos.
1.023.5 Esopo
No hay comentarios:
Publicar un comentario