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martes, 24 de septiembre de 2013

El ladron

Por catar una colmena
Cierto goloso Ladrón,
Del venenoso aguijón
Tuvo que sufrir la pena.
«La miel, dice, está muy buena:
Es un bocado exquisito;
Por el aguijón maldito
No volveré al colmenar.»
¡Lo que tiene el encontrar
La pena tras el delito!

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El labrador y la providencia

Un labrador cansado,
En el ardiente estío,
Debajo de una encina
Reposaba pacífico y tranquilo.
Desde su dulce estancia
Miraba agradecido
El bien con que la tierra
Premiaba sus penosos ejercicios.
Entre mil producciones,
Hijas de su cultivo,
Veía calabazas,
Melones por los suelos esparcidos.
«¿Por qué la Providencia,
Decía entre sí mismo,
Puso a la ruin bellota
En elevado preeminente sitio?
¿Cuánto mejor sería
Que, trocando el destino,
Pendiesen de las ramas
Calabazas, melones y pepinos?»
Bien oportunamente,
Al tiempo que esto dijo,
Cayendo una bellota,
Le pegó en las narices de improviso.
«Pardiez, prorrumpió entonces
El Labrador sencillo,
Si lo que fue bellota,
Algún gordo melón hubiera sido,
Desde luego pudiera
Tomar a buen partido
En caso semejante
Quedar desnarigado, pero vivo.»

Aquí la Providencia
Manifestarle quiso
Que supo a cada cosa
Señalar sabiamente su destino.
A mayor bien del hombre
Todo está repartido:
Preso el pez en su concha,
Y libre por el aire el pajarillo.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El labrador y la cigüeña

Un Labrador miraba
Con duelo su sembrado,
Porque gansos y grullas
De su trigo solían hacer pasto.
Armó sin más tardanza
Diestramente sus lazos,Y cayeron en ellos
La Cigüeña, las grullas y los gansos.
«Señor rústico, dijo
La Cigüeña temblando,
Quíteme las prisiones,
Pues no merezco pena de culpados;
La diosa Ceres sabe
Que, lejos de hacer daño,
Limpio de sabandijas,
De culebras y víboras los campos.»
«Nada me satisface,
Respondió el hombre airado:
Te hallé con delincuentes,
Con ellos morirás entre mis manos.»La inocente Cigüeña
Tuvo el fin desgraciado,
Que pueden prometerse
Los buenos que se juntan con los malos.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El joven filósofo y sus compañeros

Un joven, educado
Con el mayor cuidado
Por un viejo Filósofo profundo,
Salió por fin a visitar el mundo.
Concurrió cierto día,
Entre civil y alegre compañía,
A una mesa abundante y primorosa.
«¡Espectáculo horrendo! ¡fiera cosa!
¡La mesa de cadáveres cubierta
A la vista del hombre!... ¡Y éste acierta
A comer los despojos de la muerte!»
El joven declamaba de esta suerte.
Al son de filosóficas razones,
Devorando perdices y pichones,
Le responden algunos concurrentes:
«Si usted ha de vivir entre las gentes,
Deberá hacerse a todo.»
Con un gracioso modo,
Alabando el bocado de exquisito,
Le presentan un gordo pajarito.
«Cuanto usted ha exclamado será cierto;
Más, en fin, le decían, ya está muerto.
Pruébelo por su vida... Considere
Que otro le comerá, si no le quiere.»
La ocasión, las palabras, el ejemplo,
Y según yo contemplo,
Yo no sé qué olorcillo
Que exhalaba el caliente pajarillo,
Al joven persuadieron de manera,
Que al fin se lo comió. «¡Quién lo dijera!
¡Haber yo devorado un inocente!»
Así clamaba, pero fríamente.
Lo cierto es que, llevado de aquel cebo,
Con más facilidad cayó de nuevo.
La ocasión se repite
De uno en otro convite,
Y de una codorniz a una becada,
Llegó el joven, al fin de la jornada,
Olvidando sus máximas primeras,
A ser devorador como las fieras.

De esta suerte los vicios se insinúan
Crecen, se perpetúan
Dentro del corazón de los humanos
Hasta ser sus señores y tiranos.
Pues ¿qué remedio?... Incautos jovencitos
Cuenta con los primeros pajaritos.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El jabali y la zorra

Sus horribles colmillos aguzaba
Un Jabalí en el tronco de una encina.
La Zorra, que vecina
Del animal cerdoso se miraba,
Le dice: «Extraño el verte,
Siendo tú en paz señor de la bellota,
Cuando ningún contrario te alborota,
Que tus armas afiles de esa suerte.»
La fiera respondió: «Tenga entendido
Que en la paz se prepara el buen guerrero,
Así como en la calma el marinero,
Y que vale por dos el prevenido.»

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El jabali y el carnero

De la rama de un árbol un Carnero
Degollado pendía;
En él a sangre fría
Cortaba el remangado Carnicero.
El rebaño inocente,
Que el trágico espectáculo miraba,
De miedo, ni pacía ni balaba.
Un jabalí gritó: «Cobarde gente,
Que miráis la carnívora matanza,
¿Cómo no os vengáis del enemigo?»
«Tendrá, dijo un Carnero, su castigo,
Mas no de nuestra parte la venganza.
La piel que arranca con sus propias manos
Sirve para los pleitos y la guerra,
Las dos mayores plagas de la tierra,
Que afligen a los míseros humanos.
Apenas nos desuellan, se destina
Para hacer pergaminos y tambores;
Mira cómo los hombres malhechores
Labran en su maldad su propia ruina.»

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El hombre y la pulga

«Oye, Júpiter sumo, mis querellas,
Y haz, disparando rayos y centellas,
Que muera este animal vil y tirano,
Plaga fatal para el linaje humano;
Y si vos no lo hacéis, Hércules sea
Quien acabe con él y su ralea.»
Este es un Hombre que a los dioses clama,
Porque una Pulga le picó en la cama;
Y es justo, ya que el pobre se fatiga,
Que de Júpiter y Hércules consiga,
De éste, que viva despulgando sayos;
De aquél, matando pulgas con sus rayos.
Tenemos en el cielo los mortales
Recurso en las desdichas y en los males,
Mas se suele abusar frecuentemente

Por lograr un antojo impertinente.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)