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lunes, 23 de septiembre de 2013

El asno sesudo

Cierto Burro pacía
En la fresca y hermosa pradería
Con tanta paz como si aquella tierra
No fuese entonces teatro de la guerra.
Su dueño, que con miedo lo guardaba,
De centinela en la ribera estaba.
Divisa al enemigo en la llanura,
Baja, y al buen Borrico le conjura
Que huya precipitado.
El Asno, muy sesudo y reposado,
Empieza a andar a paso perezoso.
Impaciente su dueño y temeroso
Con el marcial ruido
De bélicas trompetas al oído,
Le exhorta con fervor a la carrera.
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera;
Que llegue en hora buena Marte fiero;
Me rindo, y él me lleva prisionero.
¿Servir aquí o allí no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda;
Siempre seré un esclavo con albarda.»
No estuvo más en sí ni más entero
Que el buen Pollino Amiclas el Barquero,
Cuando en su humilde choza le despierta
César, con sus soldados a la puerta,
Para que a la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quien no temblase
Entre los poderosos
De insultos militares horrorosos
De la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga
Esta gran exención: 
de aquí le viene.
 
Nada teme perder quien nada tiene.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El asno infeliz

Yo conocí un Jumento
Que murió muy contento
Por creer, y no iba fuera de camino,
Que así cesaba su fatal destino.
Pero la adversa suerte
Aun después de su muerte
Le persiguió: dispuso que al difunto
Le arrancasen el cuero luego al punto
Para hacer tamboriles,
Y que en los regocijos pastoriles
Bailasen las zagalas en el prado,
Al son de su pellejo baqueteado.

Quien por su mala estrella es infelice,
Aun muerto lo será. Fedro lo dice.

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El asno cargado de reliquias

De reliquias cargado,
Un Asno recibía adoraciones,
Como si a él se hubiesen consagrado
Reverencias, inciensos y oraciones.
En lo vano, lo grave y lo severo
Que se manifestaba,
Hubo quien conoció que se engañaba,
Y le dijo: «Yo infiero
De vuestra vanidad vuestra locura;
El reverente culto que procura
Tributar cada cual este momento,
No es dirigido a vos, señor Jumento,
Que sólo va en honor, aunque lo sientas,
De la sagrada carga que sustentas.»
Cuando un hombre sin mérito estuviere
En elevado empleo o gran riqueza,
Y se ensoberbeciere
Porque todos le bajan la cabeza,
Para que su locura no prosiga
Tema encontrar tal vez con quien le diga:
«Señor jumento no se engría tanto;
Que si besan la peana es por el santo.»

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El amor y la locura

Habiendo la Locura
Con el Amor reñido,
Dejó ciego de un golpe
Al miserable niño.
Venganza pide al cielo
Venus, mas ¡con qué gritos!
Era madre y esposa:
Con esto queda dicho.
Queréllase a los dioses,
Presentando a su hijo:
«¿De qué sirven las flechas,
De qué el arco a Cupido,
Faltándole la vista
Para asestar sus tiros?
Quítensele las alas
Y aquel ardiente cirio,
Si a su luz ser no pueden
Sus vuelos dirigidos.»
Atendiendo a que el ciego
Siguiese su ejercicio,
Y a que la delincuente
Tuviese su castigo,
Júpiter, presidente
De la asamblea, dijo:
«Ordeno a la Locura,
Desde este instante mismo,
Que eternamente sea

De Amor el lazarillo.»

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

El amo y el perro

«Callen todos los perros de este mundo
Donde está mi Palomo;
Es fiel, decía el Amo, sin segundo,
Y me guarda la casa... Pero ¿cómo?
Con la despensa abierta
Le dejé cierto día:
En medio de la puerta,
De guardia se plantó con bizarría.
Un formidable gato,
En vez de perseguir a los ratones,
Se venía, guiado del olfato,
A visitar chorizos y jamones.
Palomo le despide buenamente;
El gato se encrespa y acalora;
Riñen sangrientamente,
Y mi guarda jamones le devora.»
Esto contaba el Amo a sus amigos,
Y después a su casa se los lleva
A que fuesen testigos
De tal fidelidad en otra prueba.
Tenía al buen Palomo prisionero
Entre manidas pollas y perdices;
Los sebosos riñones de un carnero
Casi casi le untaban las narices.
Dentro de este retiro a penitencia
El triste fue metido,
Después de algunos días de abstinencia.
Al fin, ya su señor, compadecido,
Abre con sus amigos el encierro:
Sale rabo entre piernas, agachado;
Al Amo se acercaba el pobre Perro,
Lamiéndose el hocico ensangrentado.
El dueño se alborota y enfurece
Con tan fatales nuevas.
Yo le preguntaría: ¿Y qué merece
Quien la virtud expone a tales pruebas?

1.045.5 Samaniego (Felix Maria)

domingo, 22 de septiembre de 2013

El juego de la gallinita ciega

En el recreo todos jugaban a la gallinita ciega. Castor tenía los ojos vendados y tocó a Erizo, con tan mala suerte que unas púas se le clavaron en la pata. De la herida de Castor salió mucha sangre. Erizo se sintió culpable y se quedó fuera del corro.
Ahora le tocaba a Cocodrilo jugar con los ojos tapados. Sin querer, pisó un trozo de vidrio y se hizo un gran corte en una pata Pero lo peor fue que se le quedaron clavados muchos trocitos de vidrio en la carne Buscaron unas pinzas para sacarlos pero nadie tenía. Entonces, Erizo se arrancó dos púas e hizo con ellas unas estupendas pinzas. ¡Todo arreglado!
Tras esto, Erizo volvió a jugar a la gallinita ciega con los demás animalitos.
      
«Las buenas acciones al final tienen su recompensa.»

0.999.5 anonimo fabula,

El ingenioso raton ramon

El ratón Ramón llegó un día a un pueblo muy lejano en el que apenas había ratones. Al cabo de mucho tiempo encontró a otro ratón al que preguntó:
-¿Por qué hay tan pocos ratones en este pueblo?
-Este es un pueblo de gatos. Vigilan todos los almacenes y ratón que pillan, ratón que se comen -le contestó.
A Ramón le gustaba la aventura y dijo a su nuevo amigo:
-Entraré en el almacén que quiera. Ven y observa.
Cerca del almacén escogido, vigilado por un enorme gato, hizo un ratón mecánico, le dio cuerda y lo hizo pasar por delante del gato, que se arrojó sobre él. Lo único que consiguió fue dejarse los dientes en el ratón de metal.
Después, fingiendo que era otro ratón mecánico, se acercó a la puerta del almacén. Al verlo, el gato creyó que era otro ratón metálico y lo dejó pasar. Dentro del almacén Ramón se dio el gran banquete.

«Ser ingenioso y aventurero es muy valiosos»

0.999.5 anonimo fabula,