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miércoles, 18 de septiembre de 2013

El torrente

Un torrente, olvidando deber su agua a la lluvia y a los arroyos, pensó hincharse para volverse grande como un río.
Comenzó entonces a lanzar sus ondas impetuosas contra la orilla, arrancando con avidez tierra y piedras para ensanchar su lecho.
Pero cuando de pronto volvió el sol, el pobre torrente se encontró prisionero de todas las piedras que había quitado a la orilla, y con mucha fatiga debió hacerse un nuevo camino para descender al valle.


El tema de la ambición incontrolada e irreflexiva se ha repetido en estas fábulas. Sin duda obedece a que su presencia en el mundo es también reiterada.

(de Fábulas, 1r. 42 v.)

1.082.5 Da vinci (Leonardo) - 012

El sauce y la vid

El sauce es un árbol que crece pronto y mucho. Sus brotes aumentan de tamaño a simple vista y superan fácilmente los de todas las plantas.
Un día, para estar acompañado, el sauce se quiso casar con la vid.
-¡Qué tontería! -le dijo un compañero. Los sauces hemos nacido para crecer y superar a las otras plantas. ¿Qué harás tú con una vid a tu lado?
Pero el casamiento se celebró de todos modos. El sauce se unió con la vid, o más bien aceptó que la vid apoyase sus ramas en su tronco.
Pero la vid producía muchos racimos de uva, mientras que el sauce no daba frutos. Por eso el campesino, cuando vio un día a la vid abrazada al sauce, y no queriendo que el sauce, tirando de ella hacia lo alto, la arrancase del suelo, decidió podar a entrambos.
Así, año tras año, los brotes soberbios del sauce van siendo cortados por el campesino, y el sauce, tullido y mutilado, sólo sirve para sostener los racimos de su afortunada compañera.

La elección de los amigos y compañeros ha de ser sabia y medida. Las diferencias excesivas pueden terminar, por falta de ejercicio, con la pérdida de las facultades del mejor dotado, que así se convierte en simple muleta del menos afortunado.

(de Fábulas, Ar. 42 v.)

1.082.5 Da vinci (Leonardo) - 012

El sauce y la calabaza

Erase una vez un pobre sauce que jamás había tenido la dicha de ver sus ramas enderezarse al cielo. Unas veces porque una parra se apoyaba én su tronco, otras porque cualquier planta demasiado próxima le impedía crecer, y a menudo porque era mutilado y podado.
Juntando todas sus energías, empezó a soñar y a pensar después en la manera de librarse de aquella esclavitud.
Pensando vrepensando decidió considerar una por una todas las plantas dei universo que le rodeaba y las exigencias particulares de cada una, para poder al fin encontrar alguna que no tuviese necesidad de subirse a sus ramas.
Nutriéndose cada día con estas imágenes, finalmente le asaltó una idea que iluminó su pensamiento.
-¡Sí, ésta es! ¡La calabaza!
El sauce sacudió todas sus ramas alegremente. La calabaza era la compañera ideal, porque era más propensa a atar contra sí a los otros que a ser atada. Hecha su elección, el sauce levantó sus ramas hacia el cielo con la esperanza de hacerse ver por algún pájaro amigo. En aquel momento se acercó una urraca y el sauce la llamó en seguida y le dijo:
-Gentil ave, espero que no habrás olvidado la ayuda que te presté hace unos días -era de mañana- cuando un halcón hambriento y cruel te quería devorar y tú te escondiste entre mis ramas. Tampoco habrás olvidado, espero, cuánto descansaste sobre mí cuando tus alas te pedían reposo, y menos las diversiones que te ofrecían mis hojas cuando retozabas con tu compañero, haciendo el amor. Por todo esto, gentil avecilla, yo espero que no me negarás el favor que voy a pedirte. Y es este: yo te ruego que vayas en busca de una calabaza y le pidas algunas de sus semillas. A las semillas les dirás que no tengan miedo de mí; cuando germinen y nazcan, yo las trataré como si fuesen mis hijas. Te recomiendo -continuó el sauce- que busques las palabras justas, convenciendo a la calabaza para que te dé semillas y a las semillas para que vengan contigo de buen grado. Tú eres maestra en hermosos discursos, amiga urraca, y no hay necesidad de enseñarte nada. Si me haces este gran favor, yo me sentiré feliz cobijando tu nido sobre mis ramas nuevas, custo-diándolo, junto a toda tu familia, sin que pagues arriendo.
Entonces, la urraca, después de haber concluido el pacto con el sauce, en base al cual se comprometía a no acoger entre sus ramas serpientes ni garduñas, alzando la cola y bajando la cabeza se tiró en picado de la rama, dando a las alas todo su peso; y así, batiéntolas rápidamente sobre el aire fugitivo y maniobrando el timón de la cola para dirigirse a derecha o a izquierda, llegó por fin sobre la calabaza.
-Te reverencio -dijo la urraca a la calabaza- y te saludo.
Después de añadir otras bellas y gentiles palabras, le pidió las semillas que deseaba el sauce.
Obtenidas las semillas, volvió a su amigo el árbol, quien la acogió con júbilo.
-Ahora debes sembrarlas -dijo el sauce.
La urraca, con un batir de alas, se posó en tierra y, después de haber cavado el terreno alrededor del sauce, tomó uno a uno los granos con su pico y los sembró junto al tronco.
En breve tiempo las semillas se abrieron. Nacieron plantitas de calabaza, que empezaron a crecer, a echar ramas, apresando poco a poco todas las del sauce, e incluso sus grandes hojas ocultaban al árbol la belleza del sol y del cielo.
Como si todo esto no bastase, las calabazas que dieron, con su peso, empezaron a atraer hacia la tierra los tiernos renuevos del sauce, arrancándolos y torturándolos. El sauce se sacudía en vano, tratando inútilmente de quitarse de encima las calabazas, y durante días se agitó con la ilusión de conseguirlo. Estaba tan desesperado que no se daba cuenta de que las calabazas estaban ligadas a él por tantos nudos que ya nadie podía desatarlos.
Viendo pasar el viento, el sauce le gritó su dolor pidiendo ayuda. El viento le oyó y sopló más fuerte.

Entonces el tronco, al cual las calabazas habían robado todo el alimento, se abrió en dos partes hasta las raíces; un pedazo de sauce cayó a un lado, el otro al otro, y llorando su propia desventura el sauce pensó que había nacido bajo una mala estrella.

(de Fábulas, Atl. 67 r. b.)

1.082.5 Da vinci (Leonardo) - 012

El pedernal y el eslabón

El pedernal, un día, al sentirse golpeado por el eslabón, se revolvió sorprendido e indignado, diciéndole:
-Pero, ¿te has vuelto loco? Tú me has tomado por otro, porque yo no te conozco. ¡Así que déjame en paz, porque yo nunca he hecho daño a nadie!
El eslabón lo miró y contestó sonriendo:
-Si tienes un poco de paciencia, verás qué fruto maravilloso haré brotar de ti.
Con estas palabras la piedra se calmó y con mucha paciencia soportó el martirio que el eslabón le infligía con sus percusiones. Hasta que, de improviso, partió de él el fuego maravilloso que, con sus virtudes, obraba extraordinarios prodigios.

Esta fábula va dirigida a los que empiezan a estudiar y temen al estímulo que los exhorta a continuar. Porque si continuasen con paciencia sus estudios, verían nacer de ellos cosas maravillosas.

(de Fábulas, Atl. 257 r. b.)

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El papel y la tinta

Una hoja de papel, que estaba sobre una escribanía junto a otras hojas iguales a ella, se encontró, un buen día, completamente manchada por unos signos. Una pluma, bañada en una negrísima tinta, había escrito en ella multitud de palabras.
-¿No podías ahorrarme esta humillación? -dijo enojada la hoja de papel a la tinta. Me has ensuciado con tu negro infernal, me has arruinado para siempre.
-Espera -le respondió la tinta. Yo no te he ensuciado, te he revestido de palabras. Desde ahora ya no eres una hoja de papel, sino un mensaje. Custodias el pensamiento del hombre. Te has vuelto un instrumento precioso.

En efecto, poco después, ordenando la escribanía, alguien vio aquellas hojas esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Pero de pronto advirtió la hoja "sucia" de tinta: y entonces tiró las demás y devolvió a su lugar la que llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra.

(de Fábulas, Fo. III. 27 r.)

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El olmo y la higuera

Una higuera, cargada de frutos aún verdes, alzó sus ojos hacia el árbol que le hacía sombra y se dio cuenta de que aquella planta no tenía frutos.
-¿Quién eres, que te atreves a quitar el sol a mis higos pequeños?
-Soy un olmo -respondió el árbol.
-¡Y no tienes ni siquiera un fruto! -continuó la higuera. ¿No te da vergüenza ponerte frente a mí? Pero, espera a que estos hijitos míos crezcan y verás. Cada uno se convertirá en un árbol, juntos formaremos una selva y te rodearemos.
Los higos, claro es, maduraron. Pero cuando estuvieron maduros pasó por allí un pelotón de soldados que se encaramaron a la higuera para cogerlos, rompiendo las ramas y desprendiendo las hojas. No quedó ni un fruto, y la pobre higuera acabó herida, sin ramas y quebrantada.
El olmo, movido a compasión, le dijo:
-¡Oh, higuera, cuánto mejor hubiera sido para ti no tener hijos! Te hubieras hecho menos ilusiones. Ahora, por su culpa, te ves en este estado.

La riqueza es arma de doble filo: por uno de ellos procura satisfacciones de otro modo inalcanzables; por el otro alimenta la envidia de los demás, hasta el punto de llevar aparejada la desgracia.

(de Fábulas, Atl. 67 r. a.)

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El nogal

En un jardín rodeado por un alto muro, vivían juntos muchos árboles frutales. Cada uno, en primavera, se vestía de flores, y por lo tanto, en el verano, se cargaba de frutos. Entre aquellos árboles había un nogal.
-¿Por qué debo quedarme escondido en este jardín? -dijo un día el nogal. Yo quiero prolongar mis ramas hasta el fin del camino para que todos vean la riqueza de mis frutos.
Así, poco a poco, hizo asomar sus ramas más bellas por fuera del muro, para que todos las vieran.
Pero cuando sus ramas se cargaron de frutos, los que pasaban empezaron a cogerlos; y adonde no llegaban con las manos, llegaban con las estacas, y cuando no lo lograban con las estacas, les tiraban piedras.
En poco tiempo el nogal, apaleado y apedreado, perdió frutos y hojas, quedando colgantes fuera del muro sus brazos mutilados.

Por querer exhibir públicamente las propias riquezas y suscitar la envidia, muchos han perdido todo su bienestar, maltrechos y expoliados por gentes sin escrúpulo.

(de Fábulas, Atl. 76 r. a.)

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